sábado, diciembre 10, 2005

Perros en la calle

Estaba en el puente Pangue, a unos tres kilómetros más arriba de Ralco. Fue en el verano de 2003. Venía llegando al paradero de buses, luego de una caminata de media hora orillando el río Bío-Bío. Tenía que esperar unos 15 minutos hasta que saliera el próximo vehículo hacia Santa Bárbara. Al poco rato, había a mi lado un perro blanco, peludo, que al parecer habitaba en la cocinería que existía en ese lugar. Tenía un collar y parecía manso. Me olorosó un poco y yo le tendí mi mano. Caminé y se me pegaba a las piernas, como una pareja de baile que se tantean por primera vez. Me senté en una roca y le acaricié su cabeza y hocico. Se recostó a mi lado, apoyado en mis piernas. Hacía frío y las nubes grises pasaban rápidamente por el cielo, recortado por las cumbres de aquel cajón. Estaba anocheciendo. Llegaron el chofer y la auxiliar, la cual me invitó a subir al bus. Una vez arriba, mientras descendíamos por el camino, me di cuenta de que no me había despedido de mi amigo...
El encuentro con perros es como el que se da con las personas: algunas veces el acercamiento es cariñoso; en otras ocasiones, luego de unos gruñidos, si al perro se le muestra afecto, cambia y se aproxima moviendo la cola. Otras veces, por muy buena intención que se tenga, el animal agrede de todas formas. En este último caso, o corremos para ponernos a salvo o le damos la pelea para defendernos, o ambas cosas.
Recuerdo cuando caminaba en una noche por calles y avenidas de Providencia. De pronto, vi que me acercaba a un perro callejero que estaba en la misma acera. Al pasar a su lado, me movió su cola y me siguió. Mientras olfateaba mi presencia, yo lo saludé con ruidos amistosos. Me acompañó durante una media hora de caminata. Por algunos instantes se retrasaba al quedarse olfateando algo o cruzaba la calle a olerse con otros perros. Pero siempre regresaba a mi lado con la cola en alto. Llegué a mi destino, le agradecí su compañía, me despedí y entré al edificio. Él siguió su camino...