martes, enero 03, 2006

Riña callejera -de mujeres


En su intento por separarlas, Oscar abrazó a su esposa, pero ella logró sacarle el cortacartón que llevaba en el bolsillo trasero. Alcanzó a desenvainar la hoja e hizo un nuevo intento por avalanzarse sobre Marión. Al tiempo que le gritaba: "te voy a cortar maraca culiá", su marido la tomó de la muñeca y pudo neutralizarla. Hacía varios días que la mujer de Oscar andaba buscando a Marión para vengarse, pues ésta se había metido con su esposo. Ella había faltado al trabajo un tiempo, con la esperanza de que la amenazante se cansara de esperarla a la salida de la pega. Apenas Marión regresó a las faenas, el "correo de las brujas" se encargó de avisarle a la señora de Oscar. A los pocos minutos de finalizada la jornada laboral -de medio día- alguien nos avisó de que la ofendida había interceptado a Marión en la esquina; que se bajó de la bicicleta casi corriendo y se tiró sobre la "patas negras". La mayoría corrió a ver la pelea, algunos para tratar de separarlas y otros sólo por el placer de mirar una riña entre mujeres. Con esa habilidad propia de las féminas -de realizar varias actividades al mismo tiempo-, estas dos mujeres se dieron con todo: golpes de puño, cachetadas, rasguños, tirones de pelo, patadas y rodillazos. Marión, corpulenta y más alta, unos días después me comentó -mientras me enseñaba los arañazos que la susodicha le dejó en el cuello- que su rival se le había ido como un torbellino, pero que así y todo ella le había podido conectar unos cuantos "cornetes": "igual le encajé una chuleta en plena zorra" -me dijo orgullosa.

sábado, diciembre 10, 2005

Perros en la calle

Estaba en el puente Pangue, a unos tres kilómetros más arriba de Ralco. Fue en el verano de 2003. Venía llegando al paradero de buses, luego de una caminata de media hora orillando el río Bío-Bío. Tenía que esperar unos 15 minutos hasta que saliera el próximo vehículo hacia Santa Bárbara. Al poco rato, había a mi lado un perro blanco, peludo, que al parecer habitaba en la cocinería que existía en ese lugar. Tenía un collar y parecía manso. Me olorosó un poco y yo le tendí mi mano. Caminé y se me pegaba a las piernas, como una pareja de baile que se tantean por primera vez. Me senté en una roca y le acaricié su cabeza y hocico. Se recostó a mi lado, apoyado en mis piernas. Hacía frío y las nubes grises pasaban rápidamente por el cielo, recortado por las cumbres de aquel cajón. Estaba anocheciendo. Llegaron el chofer y la auxiliar, la cual me invitó a subir al bus. Una vez arriba, mientras descendíamos por el camino, me di cuenta de que no me había despedido de mi amigo...
El encuentro con perros es como el que se da con las personas: algunas veces el acercamiento es cariñoso; en otras ocasiones, luego de unos gruñidos, si al perro se le muestra afecto, cambia y se aproxima moviendo la cola. Otras veces, por muy buena intención que se tenga, el animal agrede de todas formas. En este último caso, o corremos para ponernos a salvo o le damos la pelea para defendernos, o ambas cosas.
Recuerdo cuando caminaba en una noche por calles y avenidas de Providencia. De pronto, vi que me acercaba a un perro callejero que estaba en la misma acera. Al pasar a su lado, me movió su cola y me siguió. Mientras olfateaba mi presencia, yo lo saludé con ruidos amistosos. Me acompañó durante una media hora de caminata. Por algunos instantes se retrasaba al quedarse olfateando algo o cruzaba la calle a olerse con otros perros. Pero siempre regresaba a mi lado con la cola en alto. Llegué a mi destino, le agradecí su compañía, me despedí y entré al edificio. Él siguió su camino...

martes, diciembre 06, 2005

Ex monja y traficante...

Rasputín: ¿Estás preparada para el relato de la monjita pervertida?
Karla: Ok man.
Rasputín: Esto ocurrió en el año 2000, en Valdivia.
Yo había llegado con mi amigo pescador a trabajar en la administración de una lancha que capturaba bacalaos.
Nos alojamos en una pensión familiar, que estaba compuesta por la ama de casa y dos hijas: Andrea, de 20 y Alejandra, de 12.
Con Andrea nos llevamos muy bien, y comenzamos a tener onda. Pero la relación no pasó de algunos atraques locos. Era una amistad con un poco de licencias.
Un día Elisa, la mamá de las chicas, conoció en la calle a Carola, una muchacha de unos 28 años, que había llegado a cuidar una casa del sector. Pero esa vivienda había sido un conocido prostíbulo de aquel barrio obrero.
Carola vivía sola con 12 perros, en unas habitaciones que casi se caían a pedazos. Toda la casa estaba llena de pelos, orines, excrementos, los cuales expelían un olor asfixiante.
Elisa supo que Carola había sido monja, pero que la habían expulsado del convento al ser sorprendida besándose con un seminarista.
Por lástima y solidaridad, Elisa comenzó a invitar reiteradamente a Carola a la pensión. En una de esas, empezaron los carretes, el bailoteo y los copetes.
Carola se relajó y nos contó su verdadera historia: ella había sido expulsada de la orden porque la habían descubierto en una relación lésbica con otras monjas.
Pero eso no era todo.
Ella ahora estaba emparejada con Magi, una antigua trabajadora sexual y habitante de ese prostíbulo que ahora estaba convertido en un corral de animales.
Y no sólo eso.
Carola y Magi regentaban una red de tráfico de cocaína, la cual distribuían desde Santiago hasta Valdivia. Magi vivía en la capital, en las torres de San Borja, desde donde controlaba las operaciones de su amante.
Cada cierto tiempo llegaba a visitarla, y se encerraban por varios días en aquella derruida vivienda.
En una oportunidad, organizamos una fiesta, para demostrarle a Carola que no teníamos ningún prejuicio y que la aceptábamos tal cual era. Después del alcohol y los estimulantes, Carola inició su asedio a Andrea. Se había empeñado en seducir a esta muchacha, pues ella decía que ninguna mujer era capaz de resistírsele. Alardeaba con que durante su estadía en Chillán, trabajando como barwoman, había conquistado una tras otra a las parroquianas, a las cuales dejaba locas de placer.
Yo le sugerí a Andrea que no se opusiera a los encantos de Carola, que la toreara un rato. Finalmente, aprovechando que Andrea se metía en el baño, Carola entró con ella. Nunca supe lo que realmente pasó, pero las paredes temblaban y ambas salieron después de un rato muy agitadas.
Al rato, Carola me confesó que nunca había sentido atracción por un hombre, pero que conmigo era distinto. Que yo no era un "macho" típico, sino que veía en mí a un ser muy femenino. Su intención era que yo le brindara su primera relación heterosexual. Me tomó de un brazo, me sentó en sus piernas y quiso besarme.
Lamentablemente, a mí ella no me gustaba. Así que me corrí y le propuse que lo dejáramos para otra ocasión. El tiempo pasó y me la volví a topar en Santiago, mientras compraba algunas cosas en el Unimarc de Portugal.
Nos saludamos, me recordó que teníamos un asunto pendiente, que ella le había contado a Magi de mi existencia, y que ambas me darían una “sorpresa”. Me dio su teléfono y quedé en llamar. Pero el recuerdo del olor a ese enjambre de perros, me mató cualquier atisbo de entusiasmo, y nunca la llamé. FIN
Karla: ¿ni siquiera por experimentar?
Rasputin: La firme es que, lamentablemente, ella no me atraía.
Karla: ah...eso es otra cosa.
Rasputín: Me habría gustado mucho que ella me atrajera un poco, pero no me provocaba en lo más mínimo. Pero en fin, igual fue loco.
Karla: pensé que me contarías algo perverso…
Rasputín: Pucha, lo siento...
Karla: pero el relato fue muy realista, me pareció como si lo estuviera viendo en una pantalla.
Rasputín: Eso está bien, por lo menos lo disfrutaste un poco... esa era la idea.
Karla: Ok man.